Nuestra clienta anónima sigue deleitandonos con sus post, en los cuales nos va contando sus vivencias con BELIFE4.  Cada vez que recibimos uno, lo léemos varias veces y cada vez nos gustan más.

Disfrutarlo.

Belife4

Te despiertas una mañana con el guapo subido y metes en tu mochila del gimnasio las mallas más fashion del cajón y una camiseta ajustada para que se noten bien tus sacrificios.

Toalla, zapatillas, botella de aguaestá todo listo. Ah NO, ¡¡¡espera!!! Me falta coger los apuntes a colores con las nuevas tablas del Sr. Hache.

Vas al gimnasio decidida y convencida de que hoy lo vas a hacer genial y así es. Te sientes tan sumamente contenta de haber podido salir viva de ese cubículo de seres que tienen piernas por brazos que te dispones a aterrizar en la terraza de enfrente para pedir un café bien cargado y brindar por ti.

Sales de la barra con tu tacita blanca y depositas tu hermoso trasero en la silla de la terraza. ¡Oh my God! Algo ha sonado en mi cuerpo, ¿qué ha pasado, qué ha sido eso? Te dejas caer resignada al tiempo que piensas que será la edad.

Mientras saboreas el merecido café, te das palmaditas imaginarias de satisfacción al recordar que has sido capaz de utilizar las máquinas del gimnasio sin romper nada y cuando te dispones a levantar el body para seguir con la jornada de martes sientes que pesas 10 kilos más. ¿Qué demonios está pasando? Espera, espera, espera… ¡No te puedes levantar!

¡Disimula!

¡Qué bonito es el escaparate de enfrente oiga, qué cosas tan monas venden!

Intentando ocultar, de la mejor forma posible, que te has convertido en el Jorobado de Notre Dame, recoges tus cosas cuán señora de 90 años y desapareces de allí sin dejar huella.

El día continua y tus kilos van en aumento: 12, 18, 25… Sr. Hache, ¡quiero mi hoja de reclamaciones! Usted prometió que podría enfundarme en un mono de gatita para los próximos carnavales y mi esbelta figura cada vez es más complicada de mover.

Finalizas un duro día de trabajo y tras una ligera cena, dejas que tu cuerpo fallezca en la cama.

Crees que todo ha terminado ahí, pero lejos de llegar al fin, tu mente detecta que estás en el inicio de una larga y dura aventura.

Comienzas a soñar con el chico que te gusta. Ha pasado a recogerte en su cochazo rojo para enterrar tus pies en la fina arena de la playa de un caluroso día del mes de julio. Todo es perfecto hasta que de pronto, a lo lejos, visualizas al Sr. Hache, con unas pesas en la mano y dándote ánimos a gritos para que las levantes una vez más.

¡Este chico me está volviendo loca! ¡La proteína que me da tiene alucinógenos, fijo!

Intentas darte la vuelta en la cama para olvidar a tu entrenador personal y recuperar el paseo con el moreno del cochazo rojo pero… el Sr. Hache sigue tirando de tu mano y tu tronco ha decidido que de espaldas se duerme mejor.

Estás varada en la orilla de la playa.

Te despiertas sobresaltada, con taquicardias y totalmente sudada. Pero inmóvil.

No adelgazaré con la dieta, pero con el estrés de vida que me proporciona el moreno cachitas, de aquí a dos años os firmaré autógrafos desde la pasarela de Victoria’s Secret.

Los rayos de sol que entran por las rendijas de la persiana hacen que esboces una pequeña sonrisa, olvides momentáneamente lo ocurrido horas antes y te dispongas a discernir si hoy prefieres falda o pantalón. Estás en esa disyuntiva cuando descubres que sientes un dolor inmenso en absolutamente todas las aristas de tu poliédrico cuerpo que no eres capaz de arrastrar.

A las 7 en punto de la mañana viene a tu mente la imagen del Sr. Hache, con voz de haberse tragado medio envase de helio, diciéndote: ¿Qué pensabas señorita, que esto iba a ser fácil? Ese dolor que tienes se llama agujetas.

Y desde ese fatídico día:

No te puedes poner tacones cuando te duelen las piernas.

No logras ponerte parisinas cuando te duelen los gemelos.

Eres incapaz de coger el teléfono cuando te duelen los brazos.

Te resistes a estornudar cuando te duele el abdomen.

Y apenas te puedes sentar cuando te duele el trasero.

 

Anónimo